domingo, agosto 14, 2016

Fem-Virus 03



Cuando el doctor y el psicólogo me dijeron que la mejor forma de comenzar a aceptar mi nueva condición de mujer era explorando la sexualidad de mi nuevo cuerpo no pude evitar espetarles en la cara que estaban locos, que yo era una hombre hecho y derecho. Pero por Dios que tenían razón.

Al principio estaba nervioso. Mi cuerpo era una prisión desconocida. Una Caja te Pandora que temía abrir. Pero lo hice.

Primero me retiré la pesada y holgada ropa con que me cubría. Después comencé a acariciar mi piel y la sensibilidad de la misma me sobrecogió; sin embargo, continué acariciándome, sintiendo cada centímetro de mi nuevo cuerpo. No voy a decir que fue rápido, de hecho me tomo mucho superar el miedo, pero sin darme cuenta pase de acariciarme sólo con las yemas de los dedos a acariciarme con toda la mano.

Mi respiración se aceleró y el calor de la adrenalina corriendo por mis venas me dio el valor para sentir mis pechos.

Muchos dicen que es increíble en las historias de ciencia ficción en Internet, pero esto no es así desde el principio. La verdad el peso y la tención de la piel hace que te lastimes sin pensarlo. Y cuando te das cuenta de que ese peso y dolor es tuyo, es difícil continuar. Pero lo hice, los acaricie y continué masajeando, no sólo las suaves mamas, sino también la piel y músculos que las sostienen. Y una vez que entendí como hacerlo, sentí el placer de que siempre hablan en la ficción.

Mas mientras comenzaba a explorar la sensación de estimular mis pezones erectos, una sensación de humedad recorrió mi pierna. Mi nueva constitución me indicaba que estaba listo.

Con cuidado introduje mi mano dentro de las pantaletas que usaba como única aproximación a mi actual condición de mujer.

Fue extraño, pero en ese punto un instinto que me era desconocido me guió en la dirección correcta. Si bien las largas uñas que mi hermana había pintado, en un intento de hacerme comprender que me había convertido en mujer, se clavaron dolorosamente en la extremadamente sensible carne de mi nuevo órgano reproductor por mi incapacidad para calcular su distancia, esto no impidió que continuara, pues aunque doloroso, fue obvio que en realidad no me había hecho daño. Un error por falta de experiencia, una señal de alarma conduciéndome hacia la satisfacción de lo desconocido.

Y así continué hasta que por fin experimente la gratitud hacia la persona que, con o sin dolo, me había contagiado el virus feminizante y por ende convertido en la sensual chica que soy ahora.



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